Oz, El País Soñado (Segunda Parte)

  • Hola, tengo una reserva a nombre de Julián Lloris. Mi amigo Sergio debería estar ya aquí.
  • Buenos días señor Lloris, efectivamente, su amigo esta en el jardín de atrás.

Solté mis mochilas en la mesita del merendero a la entrada del jardín del hostal, eché un rápido vistazo y lo reconocí de inmediato.

  • ¡Cabesssaaaa! – grité enérgicamente
  • ¡Iyo cabessaaa! – no esperaba (ni quería) otra contestación por parte de mi amigo sevillano

Se levantó de la hamaca donde reposaba tras haber llegado a las 6 de la mañana al hostal y nos dimos un abrazo de esos que duran una eternidad. Después de casi 5 meses sin vernos nos volvíamos a encontrar y esta vez en Australia. Joder, ¡estábamos los dos en Australia! aquello era emocionante por partes iguales, por dónde estábamos y por el tiempo que llevábamos sin vernos.

No perdimos ni un minuto, nos sentamos en la mesa de madera que servía las veces de lugar de reunión en el hostal y nos pusimos rápidamente al día de todo. Le propuse que descansara algo, el vuelo había sido bastante largo y tenía cara de estar cansado pero de la emoción que teníamos los dos por estar donde estábamos no quisimos perder ni un minuto descansando. Soltamos todas las mochilas y nuestras cosas en las camas que se nos asignó dentro de un cuarto compartido con dos personas más, preguntamos brevemente en recepción por una primera información preliminar de la ciudad, cogimos un mapa y nos fuimos al centro. Recuerdo perfectamente que nos preguntamos si pedíamos un Uber para ir la centro pero tras echar un vistazo al mapa vimos que eran unas 3 calles hasta llegar y no estábamos como para empezar a gastar dinero.

  • Quiyo, ¿cuántas calles llevamos?
  • Esta es la primera
  • ¿¡En serio!?

Sí, Australia es enorme, y no me estoy refiriendo únicamente a su extensión como país, me refiero a que todas las distancias, incluso dentro de las ciudades, son enormes. Lo que en el mapa se veía como 3 bloques y parecía que en 15 minutos ibas a llegar, en realidad cada bloque era como el barrio de Triana y tardamos unos 45 minutos caminando, bajo el sol veraniego en Australia.

Recuerdo perfectamente que el centro de la ciudad de Cairns nos decepcionó a los dos. Aún siendo una ciudad grande, el centro nos daba una sensación de dispersión que nos parecía que no había nadie. No es como esas calles del centro de Sevilla donde todo el mundo se junta en los bares apelotonados para beber unas cervezas y (como los echo de menos) unos tintos con limón. Todo está lejos, distante, separado de todo, y eso te crea una sensación de vacío o de inmensidad que, a mi personalmente, no me llegó a gustar. Sin embargo, hubo una cosa que sí nos llamó mucho la atención y nos gustó a los dos, al menos nos pareció novedosa la idea. Aun tratándose una ciudad pegada al mar, Cairns no tiene playas naturales en las que te puedas bañar, son más bien rocas y no hay sitios habilitados para el baño. ¿Qué han hecho para solucionarlo? pues han creado una playa artificial inmensa en todo el centro de la ciudad y pegada al mar. No me estoy refiriendo a la típica ciudad europea céntrica y que en alguna parte del río que la cruza han puesto algo de arena y ya dicen que es una playa, no, me refiero a una playa enorme, como una inmensa piscina rodeada de arena. Para que os hagáis una idea, la custodiaban tres torres de socorristas. Por supuesto que no dudamos ni un segundo en disfrutar de un baño relajante en mitad de una de los días más calurosos de Cairns.

Esa misma tarde, de vuelta ya en el hostal, la chica de la recepción nada más llegar nos informa de que esa misma noche era la noche de la barbacoa australiana, o como allí la denominan, “an aussie bbq”. Ni siquiera preguntamos en qué consistía, nos apuntamos directamente, incluso habíamos comprado cosas para cocinar nuestra propia cena pero la emoción por todo lo que rodeaba la palabra australiano nos embriagaba de la misma forma que lo hacía desde el minuto uno en el que entramos en el país. Joder, aún aquí en Argentina, desde donde escribo estas líneas, es escuchar esa palabra y envolverme una sensación de añoranza y felicidad que hacen que quiera volverme a ese país sin pensar en nada más.

Aún quedaba algo de tiempo y nos sentamos para planificar de alguna manera nuestros pocos días en la ciudad. Teníamos la reserva para la “relocation van” en un par de días y teníamos que aprovechar cada minuto en la ciudad. Recordé entonces lo que mi gran amiga Nicole me comentó días atrás sobre una empresa para hacer snorkel en la Gran Barrera de Coral australiana (la más grande del mundo) y solo fue mencionar la idea y a Sergio se le iluminaron los ojos. Como ya la gran mayoría sabrá, yo amo cualquier deporte que sea en contacto directo con la naturaleza. Años atrás, durante mi etapa Erasmus en Italia, tuve la suerte de poder hacer el curso de buceo de manera gratuita y obtener el título de PADI Open Water para bucear en cualquier parte del mundo y desde mi primera inmersión ando cautivado por la vida bajo el agua. Sergio no tenía ningún título que le permitiera hacer buceo (Sergio, espero que te pongas las pilas) pero eso no fue un impedimento. En la mayoría de las empresas cuentan con lo que se conoce como un bautismo, que consiste en una inmersión con un instructor todo el tiempo a tu lado tras una breve briefing en el que te dan las nociones básicas, además ya había buceado anteriormente y le había gustado la experiencia. En menos de 15 minutos ya teníamos la reserva para pasar todo un día en un barco disfrutando de uno de los lugares más espectaculares del mundo.

No tuvimos tiempo tampoco de mucho más, ducharnos y adecentarnos para la barbacoa que nos esperaba. Carne de canguro, de cocodrilo y de emú, junto a un surtido de ensaladas y algunas salchichas, todo ello amenizado con unas cervezas australianas. Madre mía vaya banquete que nos pegamos. Pagamos 14 dólares australianos cada uno pero era barra libre, podías servirte cuanto quisieras mientras durase la barbacoa. Recuerdo que prácticamente todos los que se estaban alojando en el hostal se habían unido a la experiencia, algunos por segunda o tercera vez. Nuestra primera vuelta por la cocina fue en plan “ponme de todo y no te cortes ni un pelo”. Creo que fue justo esa noche cuando Sergio pronunció por primera vez la frase que le acompañaría en el resto del viaje.

  • ¿Do you wanna crocodile mate? – le pregunta el chico que estaba sirviendo la barbacoa (nótese que no puede faltar el “mate” en una frase australiana).
  • Why not? – y desde ese momento, el viaje se convirtió en un permanente “Why not?”.

Empezamos el festín. Recuerdo que probé primero la carne de emú, era la que más me llamaba la atención y no me decepcionó en absoluto. Estaba jugosa y muy rica, una típica carne roja pero de textura suave, muy parecida a la ternera. Luego le tocó el turno al cocodrilo, una carne parecida al pollo, algo más dura y que no me convenció del todo. Después de haber probado el emú, el cocodrilo parecía una carne de categoría inferior. Y por último el canguro. No fue una sorpresa ya que no es raro encontrarte con algún restaurante en Sevilla que te sirva carne de canguro, aún así, el hecho de estar en la tierra del canguro por excelencia hizo que me supiera mejor que nunca. Aunque algo más dura que la del emú, la carne de canguro está bastante buena. Si os preguntáis cuál fue mi preferida, os diré que repetí emú como unas tres veces.

Menudo día, ¿no os parece?, en 24 horas habíamos aterrizado los dos en Cairns (uno por aire y el otro por tierra), habíamos conocido el centro de la ciudad, no habíamos bañado en una playa artificial con vistas al mar, habíamos reservado una experiencia completa en la Gran Barrera de Coral y habíamos tenido una típica barbacoa aussie con la más variopinta de las carnes australianas. Llegada las once de la noche estábamos muertos, como era de esperar, pero la noche no acabó ahí, tras la barbacoa hubo como una especie de “entretenimiento” por parte del staff del hostal. Fue bastante divertido. Un tipo que cumplía con todos los estereotipos del chico australiano: pelo largo de color cobrizo, constitución fuerte, piel morena, gorra de propaganda puesta del revés, pulsera de cuero en la muñeca y otra en el tobillo, camiseta con el nombre del hostal pero a la que le había recordado las mangas para hacerla de tirantes y unas bermudas o bañador largo… se encargó de entretenernos e instruirnos en el instrumento musical australiano por antonomasia, el famoso didgiridoo. Se trata de un instrumento de viento usado por los aborígenes australianos. El staff organizó un concurso y sacó a 3 voluntarios que, tras una breve introducción de cómo se toca, tenían que hacer sus mejores sonidos para ganar una camiseta del hostal. Todo el que lo haya intentado alguna vez sabrá lo difícil que es que suene bien un didgiridoo, y más aun el conseguir un sonido continuo en el tiempo usando la respiración cíclica o circular que le llaman, algo que te permite soplar inclusive cuando estás tomando aire. El resultado fue una mezcla de sonidos sin sentido pero bastante divertidos, y muy bien amenizado el concurso por el chico del staff. Eran casi las doce de la noche, Sergio se había acostado ya y yo estaba cual zombie. El día había tenido demasiadas emociones y era hora de descansar y prepararse para lo que nos esperaba al día siguiente.

Fue duro despertarse a la mañana siguiente, eran las 6:30 de la mañana y nuestro shuttle pasa por nosotros a las 07:10. Nos preparamos unos sandwiches para el barco con algo de fruta y nos fuimos dirección al puerto. El barco era bastante grande, con una capacidad para más de 30 personas. Aún no eran más de las 8:30 de la mañana pero el sol calentaba como si no hubiera un mañana. Por suerte para nosotros, los botes de protección solar no faltaban en el barco y los encontrabas en casi todas las esquinas para su libre uso. Nada más entrar tuvimos que rellenar el respectivo formulario con toda la información y dando nuestro consentimiento, afirmando que conocemos los riesgos y aprobando la actividad que íbamos a realizar, vamos, el procedimiento normal cuando se va hacer submarinismo con una empresa. Poco a poco el barco se iba llenando y no tardamos mucho en salir. Nos esperaban unas largas horas de travesía hasta llegar a la zona de la barrera de coral en la que íbamos hacer las actividades.

A poco de partir empezaron a preparar el desayuno, estaba incluido en el paquete y fue una grata sorpresa ver que estaba bastante bien y era abundante, con mucha fruta disponible. Tras haber desayunado nos relajamos un poco en la cubierta del barco, donde nos dieron una  pequeña charla informativa sobre la seguridad a bordo y todo eso. No sería nada destacable si no hubiera sido por que conocimos a una pareja del País Vasco, a una chica de Valencia y a un chico Italiano. Ya sabéis lo que pasa cuando te encuentras con paisanos en estos lares, te sale la sangre patriota y hace piña con ellos como si fueran tus mejores amigos. He de decir que, como casi todo lo que me está pasando en este viaje, no puedo más que sentirme agradecido y afortunado por haber conocido a esa fantástica pareja de Euskadi, gracias a Gorka y Garazi nuestro viaje posterior por Nueva Zelanda fue tan increíble y tan perfecto. Ellos había estado viviendo en Auckland todo un año trabajando como maestros y nos contaron mil y una historias, nos recomendaron cientos de sitios y, sobre todo, fueron los que nos animaron a comprar nuestra maravillosa furgoneta de viaje (a la que acabamos llamando Cabesa) y la cual ya tengo ganas de presentárosla cuando os cuente sobre Nueva Zelanda.

Pero bueno, vamos con lo importante de este día, el snorkel y el buceo. El barco realizaría dos paradas en localizaciones distintas, para que pudiéramos tener la posibilidad de conocer dos sitios distintos. Durante el breve briefing que te dan antes de sumergirte me sugirió el instructor que realizara la inmersión en el segundo sitio, así que le hice caso y al llegar al primero simplemente hice snorkel.

“Simplemente hice snorkel”… cuando recuerdo todo lo que vi allí abajo, lo de simplemente hice snorkel queda como una falacia. Aquello era un espectáculo de colores, formas, vida, movimiento, sonidos… es increíble la variedad de vida que hay en ese lugar tan maravilloso. El coral se encontraba a pocos metros de profundidad, a veces hasta a menos de un metro, a pesar de estar en mitad del océano. Nos soltaron a todos en el agua y cada uno empezó a nadar a su bola mirando el fondo marino, intentando no tragar agua cada vez que veías algo nuevo por que la boca se te abría sola de la impresión que te generaba. Yo me fui alejando poco a poco del grupo siguiendo la pequeña pendiente, en busca de alguna zona algo más profunda donde tendría la posibilidad de encontrar cosas más espectaculares, y no me equivoqué en absoluto. En una de las veces que me sumergí para apreciar de cerca la vida dentro de un coral me llevé un susto que me hizo soltar el aire de golpe. Justo detrás del coral, como en una hondonada, me pillaron por sorpresa un grupo de unos 6 peces loro del tamaño de un niño de 5 años, enormes, impresionantes, los más grandes que yo había visto en toda mi vida. No te tenían ningún miedo, podías acercarte a ellos tanto como quisieras aunque no se dejaban tocar. Veías como picoteaban los corales en busca de alimento y el sonido que provocaban sus mandíbulas rompiendo el coral era increíble. Salí a la superficie en busca de Sergio, estaba super excitado y quería que él los viera también, pero andaban todos con la cabeza metida bajo el agua y no era capaz de reconocerlo. Intenté gritar su nombre pero solo conseguí que me miraran raro y tampoco quería alejarme mucho por que no quería perderlos. Desistí en mi intento y volví con ellos, volví a deleitarme con su nado, con su comportamiento y con el espectáculo que para mi suponía ver aquellas criaturas en su habitad natural. Es difícil expresar con palabras aquel momento, pero para que os hagáis una idea os he localizado una Web donde veréis las fotos de esta especie en concreto (pinchad en este link).

Varios grupos, aprovecharon para hacer la inmersión en esta localización, entre ellos Sergio y los otros chicos que conocimos. Solo 5 personas hacíamos la inmersión certificados y los demás eran con el instructor. De hecho creo que fui el único que esperó al segundo sitio para hacer la inmersión. Acompañé en los primeros metros de descenso a Sergio, me encantaba bajar con ellos 7-8 metros y ver cómo se desenvolvían bajo el agua, he de añadir que bastante bien la verdad, lo que me permitió también ver un bando de peces que se movían en grupo y al unísono, otra de las maravillas de las que uno puede disfrutar haciendo este maravilloso deporte.

Poco a poco todos fueron terminando sus inmersiones y volvimos todos al barco tras casi una hora anclados en aquel lugar. Nos tocaba otra hora de travesía hasta llegar al siguiente punto. Recuerdo perfectamente como todos estábamos super emocionados con todo lo que habíamos visto y no parábamos de contarnos los unos a los otros lo increíble que había sido. Increíble fue también nuestra cara de asombro (la de Sergio y mía) al ver que nos habían preparado la comida en el barco y que estaba incluida en el paquete. Nosotros pensamos que nos cobrarían por todo y decidimos llevar nuestra propia comida pero evidentemente ni la sacamos porque el bufé libre de ensaladas y pastas tenía una pinta increíble. Con todo el alboroto, la excitación y la comida de por medio se me pasó volando la hora y poco que pasamos navegando entre un punto y otro, no veía el momento de volver a meterme bajo el agua y esta vez ¡por casi una hora seguida!

  • Mister Julian Loris?
  • It’s Lloris, Julian Lloris

Ya sabéis que eso de la elle no es muy común en los países anglosajones. Mi turno había llegado. Me embutí en el traje de neopreno, me coloqué el chaleco de buceo y me senté en el borde de la plataforma del barco para colocarme las aletas. Mi compañero de buceo sería uno de los instructores a bordo ya que todos los demás habían realizado ya su inmersión. Este chico simplemente sería mi acompañante ya que por seguridad no se permite realizar las inmersiones en solitario y siempre se tiene que ir en pareja, pero era yo el que decía donde ir o qué hacer en todo momento. Decidí empezar a bordear a barrera por la derecha. Íbamos bordeando todo el arrecife a media altura, unos 7-8 metros de profundidad. No hacía falta bajar más metros, la vida que se veía a esa profundidad ya era impresionante. Estrellas de mar, pepinos marinos, peces payaso, peces loro, peces cirujano, anémonas, almejas… de todo, ¡había de todo! pero de las cosas más impresionantes que me llamaron la atención fue el tamaño de las almejas, ¡eran almejas gigantes!, podía extender mis brazos y aun así las abarcaba a duras penas. Nos detuvimos en más de una de ellas y el instructor me enseñó cómo se cerraban reaccionando al contacto de su mano. Proseguíamos bordeando la barrera cuando veo una especie de túnel en el arrecife, un hueco en la pared de coral que se comunicaba con el otro extremo. Obviamente le dije que nos meteríamos por allí y, haciéndome la seña de ok, me indicó que no había ningún problema por lo que avancé al interior del túnel. Tenía que concentrarme bastante para mantener la flotabilidad lo más neutra que pudiera, si me despistaba y tomaba más aire o soltaba más aire de la cuenta podría tocar el techo o el suelo de la cavidad y eso dañaría los corales que allí se encontraban. Tan concentrado estaba de no tocar nada que no me percate del enorme pez que flotaba inerte en mitad del túnel. Cuando me dio por mirar al frente lo tenía justo delante de mi, mirándome fijamente, abriendo y cerrando la boca lentamente dando bocanadas de agua para poder respirar. No podía darme la vuelta, no había espacio suficiente para ello por lo que no me quedaba más remedio que seguir avanzando. No os exagero si os digo que mi puño entraba perfectamente en esa boca. Era incluso más grande que los peces loro que había visto en el punto anterior y, he de reconocer, que llegué a pasar un momento de “incertidumbre” (por no llamarlo miedo), al ver que avanzaba hacia él y no se movía. “No tienes elección” me decía a mi mismo para animarme a seguir avanzando y para intentar mantener la concentración en la flotabilidad que era lo más importante en ese momento. Ni siquiera hice el amago de alargar el brazo para tocarlo, seguí con mis manos agarradas a la altura del ombligo como acostumbro a bucear para intentar no tocar nada y, al mismo tiempo, mantenerme lo más estable posible. Afortunadamente, cuando me encontré a pocos centímetros de su cara se giró lentamente, como si su envergadura no le dejara moverse más rápido, y desapareció al final del túnel dejándome la vía libre para poder seguir avanzando. Ese fue uno de los mejores momentos que he vivido haciendo buceo y difícilmente lo podré igualar.

Salimos a la superficie tras realizar la recomendada parada de seguridad de 3 minutos a unos 4-5 metros de profundidad para evitar cualquier problema derivado de la descompresión. Nos quitamos las máscaras y mi compañero y yo nos miramos. Rápidamente pude darme cuenta de que opinaba lo mismo que yo, ¡la inmersión había sido todo un éxito!. Había sido muy relajada, habíamos visto muchísima variedad de peces y moluscos e incluso tuvimos algo de tensión al pasar por el túnel. Un éxito rotundo. Estaba deseando subir al barco y contarle a Sergio todo lo que había visto.

Tras terminar todos de hacer snorkel y, en mi caso, buceo, recogimos todos los materiales que nos habían facilitado. Era hora de tocar retirada y poner rumbo a puerto, pero aún nos quedaba una sorpresa más. La tripulación del barco nos reúne a todos en cubierta y nos empieza a preparar para algo que yo no llegué a entender muy bien. Creí haber comprendido algo de pasarlo bien enganchados al barco y muy rápido al mismo tiempo. Teníamos todos cara de sorprendidos mientras explicaba que necesitaban cuatro voluntarios, cuatro de los chicos más fuertes para hacer de  “anclas”. No me había dado tiempo a procesar la información cuando uno de la tripulación me señala y me dice “Tú, ven conmigo”. Ya tenían a sus 4 voluntarios, entre ellos Sergio y yo. Nos llevan a la parte trasera del barco, a popa, donde comprendimos todo al llegar. Habían atado una red a la plataforma donde nos sentábamos para saltar al agua y lo que pretendían era que entre los cuatro agarráramos el extremo y saltáramos al agua para hacer de eso, de anclas. Entonces el barco iniciaría la marcha lentamente y la gente iría saltando a la red paulatinamente. Ya con todos en la red agarrados y amontonados como podían el barco empezaba a acelerar y el juego consistía en aguantar el máximo tiempo posible enganchados a la red. No parecía tarea difícil de no ser por que cada uno que se soltaba delante nuestra chocaba con nosotros, los anclas, antes de quedar varados a la deriva. Poco a poco el barco aceleraba cada vez más, y a medida que aceleraba más difícil se hacía la tarea de mantener la cabeza por encima del agua y sujetarte el bañador para no quedarte en bolas al mismo tiempo. Intentaba mirar a Sergio pero solo veía una mata de pelos que cada pocos segundos salía a la superficie para dar una bocanada de aire y volver a sumergirse. Cuando el barco llegó a su límite ya éramos pocos lo que quedábamos enganchados a la red y resultaba bastante emocionante la lucha contra la fuerza del agua por parte de todos intentando ser uno de los supervivientes. Cuando el barco paró pude apreciar la cara de alivio de más de uno, de haber seguido mucho tiempo más el resultado hubiera sido muy distinto, incluyéndome a mi mismo que casi pierdo el bañador en un par de ocasiones. La hazaña se repitió una segunda vez, en esta ocasión con más potencia todavía pero ya teníamos el truco para mantenernos sin necesidad de emplear mucha fuerza en agarrarnos a la red. Consistía en apoyar la planta del pié en uno de los huecos de la misma y tensar la pierna.

Fue el colofón a una mañana y a una tarde maravillosas en mitad del océano. La vuelta a puerto fue muy tranquila y más de uno aprovechamos para tumbarnos en cualquier hueco y echar una cabezadita. Serían casi las seis de la tarde cuando atracamos, todos descendimos del barco con muy buenos momentos en nuestra memoria pero eso no significaba que aquel día habría concluido. Tantas horas juntos habían conseguido crear la confianza suficiente como para proponer al grupo quedar a la noche para tomarnos unas cervezas todos juntos. De esa forma acordamos vernos sobre las siete o las siete y media en el mismo parque del puerto y nos despedimos hasta entonces. Sergio y yo junto a la pareja del País Vasco fuimos los primeros y más puntuales en llegar al encuentro. Tuvimos mucha suerte al darnos cuenta que nuestro hostal contaba con servicio de transporte al centro gratuito cada hora por lo que tomamos el de las siete y a las siete y veinticinco ya estábamos en el aparcamiento del parque, donde esta pareja tenían aparcada su furgoneta en la que vivían. Hicimos algo de tiempo esperando a los demás pero al ver que no daban señales de vida buscamos nosotros el lugar, una cervecería con estilo irlandés. La noche era sorprendentemente agradable aunque chispeaba y llovía en ocasiones. Fue entonces cuando sacamos el mapa del móvil, maps.me, y empezamos a guardar en favoritos cada una de las localizaciones que nos iban contando Gorka y Garazi.

  • Este sitio, Mildford Sound, es una pasada, tenéis que ir. – Nos decía Gorka emocionado
  • Y al Tongariro también, es el Monte del Destino del Señor de los Anillos – Añadía Garazi sabiendo lo frikis que somos
  • Y aquí hay un río con agua a 40º C en el que os tenéis que bañar
  • Queenstown, en el sur, tenéis que visitarla sí o sí
  • Si, y aquí hay unas dunas en las que tenéis que hacer sandboard…

Así nos llevamos más de cuarenta minutos, comentando, intercambiando opiniones y anotando cerca de treinta puntos favoritos en el mapa. Sin duda, fue una de las mejores ayudas que tuvimos para planificar nuestra ruta.

Chicos, si estáis leyendo estas líneas gracias, muchas gracias.

Fue esa noche donde la idea de comprar a Cabesa (nuestra furgoneta) empezó a tomar forma.

  • Y tenéis que comprar una furgoneta y viajar y dormir en ella
  • ¿Comprar? ¿Eso no es un poco locura? No no, nosotros nos moveremos a dedo o en autobús.
  • Es muy fácil y es lo más recomendable para un mes. El transporte público es casi inexistente allí y el mercado de compra y venta de vehículos de segunda mano es bastante grande. Además, el cambio de nombre se hace en cualquier oficina de correos, no te lleva más de 10 minutos y cuesta solo $9.

Listo, no lo sabíamos en ese momento pero ya estaba germinando los inicios de lo que después fue un viaje redondo, casi perfecto, por el largo y ancho de las dos islas de Nueva Zelanda.

One thought on “Oz, El País Soñado (Segunda Parte)

  1. Me acabas de teletransportar al pasado de una forma magnífica. Que recuerdos!!!! Eres un crack. Me has dejado con la miel los labios, aun no salimos de Cairns. Deseando leer mucho mas de ti!!

    Cuidate mucho y nos vemos a la vuelta querido amigo!!

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