Oz, El País Soñado (Parte Primera)

Me encuentro en una “Cabine” de un camping perdido en la isla sur de Nueva Zelanda y llueve como no lo había hecho en los 8 días que ya llevo en el país. Sin luz ni agua corriente solo nos queda matar las horas de alguna forma, leer un rato, ver una serie en el iPad y escribir, es un momento perfecto para retomar mis relatos y dar continuidad a mis historias. Desde Nueva Zelanda, así es como recuerdo Australia.

Siempre había soñado con venir a este país. Tan lejano, tan inmenso, tan envidiado por sus playas y sus días de sol, por ser siempre el que sale en la tele en noche vieja como el primer país en recibir el año nuevo (aunque realmente sea Nueva Zelanda), con la flora y fauna más rara y mortífera del planeta. Australia ha sido siempre un punto pendiente en mi lista de países que visitar y como no podía ser de otra manera, tenía que incluirlo en esta aventura.

Sabía perfectamente que rompería mis esquemas, que se trata de un país tan caro que desestabilizaría mis presupuestos para el año, pero tenía claro que merecería la pena, y así ha sido. Desde incluso antes de empezar mi viaje este país ya me abrió sus puertas. Me encontraba en la fase de búsqueda de voluntariados por el mundo para saber por dónde empezaría mi aventura. Todos los días me sumergía en la Web www.workaway.info y pasaba horas leyendo los perfiles de los diferentes sitios para ver cual encajaba más con mis cualidades y con mis pretensiones. Primero India, luego Camboya y finalmente abrí mi búsqueda a Tailandia, Nepal, Myanmar y varios países más de Asia. Nepal resultó ser mi elección como ya sabréis. Pero mientras me pasaba las horas escribiendo y contactando a los sitios recibí un mensaje de otro lugar totalmente distinto. Se trataba de un B&B (Bed & Breakfast) en el norte de Australia y cuyo dueño me decía que había visto en mi perfil de la Web que tenía intención de visitar Australia por lo que si quería pasarme por su B&B sería más que bienvenido.

Totalmente inesperado. Claro que iba a ir a Australia, claro que tarde o temprano tendría que buscarme un lugar donde estar como voluntario para poder abaratar los costes de mi viaje lo más posible, pero nunca imaginé que sería alguien de Australia quien me buscaría a mi, que además el sitio estuviera justo en la zona por la que quería empezar mi viaje en Australia y que, además, las fechas me encajaran a la perfección con la idea que tenía sobre cuándo visitaría el país. Lo primero que pensé es que no había ni empezado el viaje y ya parecía que la suerte me sonreía. ¡Tenía sitio en Australia para quedarme y ni siquiera lo había buscado!

No cerramos una fecha en ese momento, le pedí por favor que si no le importaba que a medida que avanzara mi viaje le fuera confirmando los detalles. Obviamente no sabía aun nada más, ni siquiera tenía cerrado el sitio donde me quedaría en Nepal, pero lo que si le adelanté es que sería sobre la primera quincena de diciembre. Y así fue, el día 3 de diciembre aterrizaba en la ciudad de Cairns, Queensland, tras 3 días de viaje y 4 vuelos.

Como ya he comentado, sabía que Australia me saldría caro, lo que no tenía ni idea era cuánto de caro. Buscar vuelos fue una verdadera locura. Estando en el centro Budista de Thabarwa dedicaba parte de mi tiempo libre a revisar las posibles rutas para llegar a Australia. Cairns no es que sea una de las ciudades más importantes que visitar en el país y Myanmar tampoco es que fuera el país con las mejores comunicaciones aéreas de Asia. Me encontraba ante una tarea prácticamente imposible. Miré infinidad de opciones, cree alertas de seguimiento a varios vuelos para que me avisaran por si cambiaban de precio, revisaba diariamente los vuelos, combinaba opciones de 3 o 4 escalas, incluso barajé la posibilidad de aterrizar en cualquier otra ciudad y llegar a Cairns haciendo autoestop. El resultado fue una ruta de 3 días, 4 vuelos y un precio casi más caro que el de mi amigo Sergio que vino desde Barcelona. Esto no fue nada más que un aviso de lo que vendría.

Mi primer contacto con Australia fue en el Aeropuerto de Melburne. He de reconocer que estaba algo nervioso, era mi primer país de habla inglesa y, aunque prácticamente el 80% del tiempo en los 3 meses anteriores había estado hablando inglés, Australia tiene fama de que su gente tiene un acento algo peculiar y si a eso le unimos que recientemente había visto el programa llamado “Aduanas”, grabado en los aeropuertos de Australia tenemos la mezcla perfecta para estar algo inquieto. Pronto volví a mi tranquilidad habitual, entré en el país sin mayor problema. A las pocas horas ya me encontraba en el hostal para “backpackers” (mochileros) donde pasaría la noche para al día siguiente tomar el último avión que me llevaría a Cairns.

Era tan solo mi primer día en Australia y entre el transporte del aeropuerto al hostal, el alojamiento en el hostal (habitación compartida con 10 camas) y la comida y cena de ese día ya me había gastado más dinero que en 10 días den Myanmar. Obviamente no es comparable, pero ciertamente me dio que pensar.

He de añadir que los primero días en Australia fueron algo complicados en el sentido de que me encontraba algo bajo de defensas, con mal cuerpo, mucha tos y bastante resfriado. Había pasado mis últimos días en Myanmar bastante regular, incluso con fiebre, y el viaje tan largo con tantas horas de avión y aire acondicionado no ayudaron a que me encontrara mejor para mi llegada al país. Tosía continuamente y en ocasiones me dolía la cabeza, hasta me habían empezado a salir como llagas en la boca. Cuando la gente iba en pantalones cortos y manga corta por la calle yo iba abrigado con el chaquetón y una braga para la garganta. Ciertamente no fue mi mejor entrada a un país.

A pesar de todo, mi estado de ánimo no podía estar más alto. Estaba entusiasmado de encontrarme al fin en el país tantas veces soñado. Estaba fascinado con cada cosa que veía y que resultaban nuevas para mi, tenía los ojos abiertos como platos y me fijaba en cada detalle como no lo había hecho en ningún otro país y bueno, para ser honesto, también me alegraba y me sentía algo reconfortado de volver a un país “más desarrollado” por decirlo de algún modo. Me encontraba con la ilusión intacta del primer día y deseoso de descubrir lo que Australia tenía deparado para mi.

Mi etapa en el Bed & Breakfast:

Errol es una persona extraordinaria. Nacido en Sudáfrica, ha vivido en Alemania, Inglaterra y los últimos años en Australia, donde ha decidido pasar el resto de su vida. Es un hombre entrañable, lleno de anécdotas e historias interesante de todos sus viajes por el mundo pero sobre todo por el sureste asiático, donde tenía una buena amiga a la que visitaba bastante a menudo. Sin mujer ni hijos, vive en su B&B al norte de la ciudad de Cairns, en lo más profundo del Daintree Forest. Se encuentra a unos 40 minutos en coche de la ciudad más cercana y sus instalaciones son totalmente ecológicas, todo se sustenta con la energía obtenida del sol y el agua de la lluvia y del río. Es un lugar precioso, rodeado de selva y con unas vistas privilegiadas del valle. Le gusta entretenerse cuidando de sus gallinas y de su huerto ecológico donde cultiva todo tipo de frutas tropicales como piña, plátano, fruta de la pasión, fruta del dragón, papaya, mango y un largo etcétera de árboles y plantas preciosas. Tiene cuidado hasta el más mínimo detalle de su negocio, lo mantiene todo en perfectas condiciones y es por eso que en TripAdvaisor tiene la valoración de 5 estrellas. Para que os hagáis una idea, si no llega a ser por que estaba de voluntario, la noche en ese sitio me habría salido por unos 220 dólares.

Debido a su edad, y a que es prácticamente imposible que una persona se encargue de todo ese lugar sola,  decidió hace unos años hospedar a personas a cambio de ayuda con el negocio. Cualquier tipo de ayuda era bienvenida: limpiar el gallinero, preparar las habitaciones para los huéspedes, pintar, hacer pequeñas reparaciones, mantener los jardines, etc. Puede parecer que esta persona lo que es muy lista y lo que busca es mano de obra gratis y evadir los impuestos pero nada más alejado de la realidad. Se portó genial conmigo desde el primer día. ¿Recordáis que llegué algo débil y malo al país? pues lo comprendió perfectamente y no me dijo que no trabajara durante los primeros días, que descansara y ayudara solamente si me sentía con energías. Dio la casualidad de que durante mis dos semanas en el B&B no tuvo ningún cliente, aunque me hubiera encantado, por lo que encima el trabajo era menor y en los días que no había mucho que hacer me dejaba coger su coche libremente para que recorriera el bosque a mi antojo y visitara todas las playas y los sitios tan preciosos que allí se esconden. En ningún momento sentí que estuviera trabajando, más bien colaborando con algo que, además, me parecía genial y en lo que yo también creía por eso de ser sostenible.

Un día normal en Daintree Manor B&B sería algo así:

07:30 —> Hora de despertarse, hacía la cama y me lavaba un poco la cara. Aprovechaba que tenía internet para ponerme al día siguiendo mis feeds desde la cama.

08:00 —> Sobre las 8 me ponía a preparar el desayuno que solía consistir en un vol de frutas variadas (plátano, manzana, mango, piña, sandía… cualquiera, todas servían) mezclado con un poco de yogurt griego y un zumo de naranja.

09:00 —> Nos poníamos a trabajar aprovechando las horas menos calurosas del día. En Australia el sol es bastante peligroso y pega fuerte. Trabajar más tarde de las 13:00 horas era como pasear por Sevilla una tarde de agosto, una locura. Las tareas más comunes fueron cortar el césped, regar el jardín y limpiar el porche que las gallinas se empeñaban en llenar de mierda cada día.

13:00 —> Acabadas todas las tareas nos duchábamos y nos poníamos cómodos para preparar la comida. A Errol le gustaba comprar todo de marcas ecológicas y cocinar con muchas verduras. He de reconocer que es un buen cocinero y que prepara platos muy ricos. Solíamos descansar después de la comida, yo me echaba en mi cama y o bien veía algo en Netflix o directamente me dormía la siesta.

17:00 —> Pongo las cinco de la tarde pero en verdad no había ninguna hora establecida. Por las tardes solíamos hacer muchas cosas como preparar pan de plátano casero con los plátanos que habíamos recogido esa misma mañana, aprovechábamos para pelar a los dos perros que viven también con el, íbamos al pueblo para hacer la compra y de paso revisar si tenía alguna carta en su apartado postal o simplemente continuaba con alguna tarea del jardín. Las tardes siempre fueron más relajadas que las mañanas.

19:00 —> Errol nunca veía la tele salvo a las siete de la tarde, cuando comenzaban las noticias y se sentaba en el sofá, con su perro Max sobre las piernas, para enterarse de lo que pasaba fuera del busque. Yo aprovechaba para mirar mi Facebook, llamar a familiares o amigos o incluso me sentaba con el para practicar mi “listening” en inglés y enterarme también de cómo se trataban las noticias en Australia.

19:30 —> Inmediatamente después de las noticias era la hora de cenar. Cocinábamos juntos cualquier plato rico que se le ocurriera y casi siempre con un mismo denominador común: sal, pimienta y crema. Errol es una persona que le encanta las salsas y yo encantadísimo de que así fuera. Normalmente nos quedábamos en la mesa sentados después de la cena durante bastante tiempo, horas en ocasiones. Era el momento del día en que nos gustaba comentar las noticias que habíamos visto, repasar la situación del mundo y tener las típicas charlas con las que pretendes arreglar el planeta.

22:00 —> Aunque había días que no se trabajaba demasiado, el calor constante me hacía llegar al final del día más cansado de lo normal por lo que caía a la cama reventado. A veces veía algo antes de acostarme y otras me ponía a leer pero casi siempre daban las once de la noche y yo ya estaba roncando.

Había momentos en el día que me fascinaban especialmente, como cuando llegaban las 18:30-19:00 de la tarde y empezaba anochecer. Me subía a la primera planta del edificio y me sentaba mirando al valle para deleitarme con una de las escenas más bonitas que he vivido nunca. Al anochecer, los murciélagos denominados zorros voladores (flaying foxes) emprende su vuelo en búsqueda de comida, saliendo de lo más profundo del valle y volando por encima del edificio en dirección a las montañas, que se encuentran justo detrás del mismo. Son tan grandes que no reconocí que eran murciélagos hasta que vi a uno de cerca. Pueden llegar a medir 150cm de envergadura y creedme cuando os digo que ver a cientos de ellos volando sobre tu cabeza te deja atónito. Pero concretamente son dos días los que más recuerdo en Daintree Manor B&B.

Por fin fue fin de semana. Llegué al sitio un sábado por lo que tuve que esperar otros 7 días hasta mi primer sábado en el lugar. Errol me había dicho que el fin de semana podría coger su coche y recorrer el camino del bosque hacia el norte para visitar todos los sitios que se encontraban dentro del parque natural. Así lo hice. Ese sábado me desperté algo más relajado que los demás días, preparé el desayuno y Errol aprovechó para hacerme un par de sandwiches para que no tuviera que gastarme el dinero en comer fuera, todo un detalle por su parte. Llené la mochila con la toalla, el Kindle, la cámara, el bote de crema y una botella de agua. Cuando estaba despidiéndome Errol me comentó:

  • Oye, ¿Por qué no te llevas el kayac? Hay una playa con una islita que es muy bonita.

¡La idea me pareció fantástica! montamos el kayac en la parte de atrás de la camioneta, la aseguramos con una cuerda y metimos el remo bajo el mismo. Ya estaba todo listo, ¡que empiece la diversión!

Me dispuse a montarme en el coche pero en el mismo momento en el que abría la puerta y no veía el volante caí en la cuenta de que estaba en Australia y que allí ¡todo era al contrario! volante a la derecha y se conduce por la izquierda. “Bueno no pasa nada, soy perfectamente capaz de conducir por la izquierda, solo necesito prestar atención”, me dije a mi mismo para aumentar mi confianza. Cerré la puerta, me cambié de lado y me monté en el coche. Todo listo, arranqué y me marché del lugar dirección norte y sin más plan que el de disfrutar de mi primer día libre en Australia. Afortunadamente, la radio disponía de una entrada USB y pude conectar mi móvil para reproducir mi música. Las carreteras del bosque eran preciosas, rodeadas de árboles inmensos y curvas que hacían del camino super entretenido. Cada cierto tiempo pasaba cerca de la costa y te dejaba ver entre la maleza las playas de arena blanca y vegetación tropical que se repartían a lo largo de la costa. Puse una de mis listas favoritas en la radio, donde tengo una mezcla de grupos como Marea, Gritando en Silencio, Albertucho, Poncho K o La Fuga entre otros y mientras sonaba, lo recuerdo perfectamente, la canción de Malos Despertares (Marea) y disfrutaba como un niño embobado con el paisaje a mi alrededor mi mente no dejaba de pensar y pensar y caí en la cuenta de algo que me llenó de un sentimiento de euforia, alegría, satisfacción… una mezcla de todos. ¿Eres consciente de que estás en Australia, viviendo en un lugar de ensueño, conduciendo una camioneta sin preocuparme por los gastos pero si de pasármelo lo mejor que pueda? En ese momento caí en la cuenta de lo afortunado que era. Tenía todo lo que quería, estaba haciendo justo lo que quería en el lugar que quería, en definitiva, estaba (estoy) viviendo el sueño de mi vida. Me lo había ganado, había sido valiente (inconsciente dirán algunos) y había tomado la determinación 8 meses atrás de aparcarlo todo y dejar de soñar para vivir lo soñado. Había trabajado para que todo pasara de ser una utopía a ser posible. Me lo había ganado.

Con esa ilusión recorrí todo el bosque, parando en cada sitio que veía y me parecía interesante, hasta que llegué a una heladería que tenía fama en el lugar. Presumía de hacer los helados artesanalmente, de manera ecológica y de tener decenas de sabores. ¿Cómo no podía probarlos? Aparqué la camioneta y me dispuse delante de la barra. Efectivamente, tenían tantos sabores disponibles que me estresaba mirar a la pizarra donde estaba la lista escrita. Me paré en uno de manera aleatoria, strawberry, me pareció bien. Pagué mis $5 por la pequeña tarrina y me senté en un porchesito rodeado de plantas y resguardado del sol. Eso fue lo mejor del helado, el lugar. El helado me pareció bastante normalito y no se merecía los comentarios de elogio que tenía de la gente en TripAdvisor. Aun así disfruté el momento, saboreé el momento mejor dicho.

Mi siguiente parada fue la playa prometida, había llegado por fin a la playa con la isla justo en frente y la verdad es que las expectativas se habían quedado cortas. El lugar era impresionante. No quería perder más tiempo y aparqué la camioneta, bajé el kayac y lo arrastré hasta el caminito de entrada a la playa cuando un cartel con colores llamativos llamó mi atención:

“¡Cuidado! Temporada de medusas”

Y otro justamente bajo este aun más preocupante si cabe:

“¡Atención! se ha reportado un ataque de cocodrilo recientemente en esta playa. Prohibido el baño”

Algo desconcertado, sujetando el kayac con una mano y el remo con la otra, inmóvil delante del cartel, incrédulo. ¿Había ido hasta allí para nada? ni mucho menos. Abrí más los ojos, atento a cada detalle, y me adentré en la playa con la firme decisión de pasar las siguientes horas remando. Sinceramente, al principio estaba algo preocupado y miraba continuamente a mi alrededor, luego, tras ver que no había ni medusas ni cocodrilos, disfruté de lo lindo de aquel agua cristalina, remando al rededor de la isla y embobado con el paisaje de playa y montaña repleta de árboles por todos lados. Le mejor sin duda fue cuando me di cuenta de que justo bajo el kayac había un mar de corales preciosos, incluso podía ver los peces sin necesidad de sumergirme, una “puta pasada” hablando mal y pronto.

Decidí comer algo en el merendero del mismo parking de la playa. Remar bajo ese sol había resultado ser una manera muy eficiente de abrirme el apetito. Disfruté del sandwich con mi Kindle en la otra mano, leyendo Maldito Karma, un libro entretenido pero nada del otro mundo.

Era raro, el que me conozca sabrá perfectamente que no soy una persona que se caracterice por haber leído toda su vida, digamos que no era muy dado a la lectura, pero en lo que llevo de viaje ya voy por mi cuarto libro, todo un logro para mi.

Quería aprovechar ese día todo lo que pudiera, Errol me había hablado de un lugar donde podría ver cocodrilos y kanguros, ¡llevaba unos 9 días en Australia y no había visto ningún canguro!. Me monté en el coche, haciendo amago de coger el cinturón en el lado izquierdo (se encuentra en el derecho) y me puse camino de este lugar. No me hizo falta recorrer muchos kilómetros hasta que pude leer el cartel del sitio que andaba buscando. Entré en recepción y desde el primer momento uno se da cuenta que es un sitio donde tienen animales como atracción turística. En la entrada encontrabas varias jaulas todas abiertas, varias especies distintas de loros revoloteaban por el lugar libremente. La mujer que me atendió me explicó que había un caminito que podía recorrer pero que la zona en la que tienen los cocodrilos se encontraba en plena reforma y estaba cerrada al público. Fue un chasco gordo pero hice el pequeño recorrido de todas formas. Me pareció bastante bonito y entretenido, se adentraba en el espesor del bosque y resultaba bastante sobrecogedor escuchar el sonido de los insectos y pájaros a tu alrededor. Tras unos 20 minutos de recorrido llegué a la última parte donde me esperaba una pequeña sorpresa: ¡kanguros! por fin pude ver mi primer kanguro en Australia, aunque estaban en cautividad. Se encontraban dentro de un recinto cerrado, bastante amplio pero cerrado. No me gustó mucho la imagen de verlos allí dentro así que decidí no perder mucho tiempo en ese lugar, sin embargo me apeteció tomarme un café calentito en la terracita donde encontrábamos mesas y sillas de maderas todas originales y distintas entre ellas.

Mientras esperaba a que me sirvieran mi café mocha (sabéis que no me gusta mucho el sabor del café) un curioso y divertido loro arcoíris se me acercó dando saltitos por el suelo. Obviamente iba buscando algo que llevarse a la boca pero no encontró nada y se marchó. Al poco me sirvieron el café y el pequeño loro volvió a aparecer. Le tendí el dedo y se me subió encima, me sorprendió lo amigable que parecía y me lo puse en el hombro para poder hacerme un selfie con él (postureo ante todo). Estaba realmente disfrutando de la presencia de  mi nuevo amigo cuando de pronto decide abandonar mi hombro para inspeccionar la taza que tenía frente a mi. Rápidamente me percaté de su intención, probar mi café, he intenté coger la taza para impedirlo pero al acercar mi mano ¡hizo el amago de lanzarme un picotazo! Parecía decidido a no dejarme disfrutar de mi café y tuve que emplear la cuchara para alejarlo. Tarea imposible, siempre regresaba con ganas de más. Conseguí que se me volviera a subir en el dedo y me lo coloqué nuevamente en el hombro, momento que aproveché para llevármelo dentro de recepción y explicarle a la mujer que me atendió que no me dejaba tomarme el café. Ella se rió e hizo un comentario dando a entender que no era la primera vez, se metió en la cocina para coger algo de queso y usándolo como señuelo lo regresó a su jaula. Por fin pude disfrutar de mi café con la sonrisa en mi cara de haberme peleado con un loro, ¡uno no debe defender su café de un loro todos los días!

En fin, historias que te pasan y te sacan una sonrisa, por lo peculiares que son y por lo inverosímiles que pueden llegar a ser. Me encanta recordar todo lo que me ha ido pasando durante el viaje. Durante mi segundo día conocí a unos peculiares autralianos.

Estando otro día de “vacaciones” en el B&B me fui con la camioneta al punto más al norte que se podía llegar, a partir de ese punto solo podían pasar los coches con tracción a las 4 ruedas. Se tarda como unas 2 horas en llegar pero como siempre, con buena música y acompañado del paisaje tan maravilloso que te rodea siempre, el viaje se me hizo corto. En esta ocasión fue incluso más especial de lo normal, ¿que por qué? pues por que tuve la suerte y el privilegio de ver a un ¡¡¡cassowary salvaje!!! Es un ave muy parecido a un avestruz  pero con un hueso en forma de cresta en la cabeza. Son de los más similares a los extintos dinosaurios y solo se encuentran en el norte de Australia y en Papua Nueva Guinea. Son enormes e impresionantes pero lo que más me impresionó de ellos es su sonido. Durante un pequeño trekking que hice con Errol nos topamos con uno, no lo conseguimos ver pero le escuchamos. Aquello me recordó a la escena de los velocirraptors en Jurasic Park, realmente acojona escuchar eso sin saber de donde viene, pero con la certeza de que estaba cerca, muy cerca (os recomiendo que busquéis en Google “sound of cassowary” para que me entendáis). Bueno, volviendo al final del camino, no fui hasta allí solo para llegar lo más lejos, fui por que es uno de los dos puntos donde se puede encontrar una poza natural en el río y donde te puedes bañar sin peligro de cocodrilos. Bajé del coche y me adentré en el bosque siguiendo un sendero marcado en el suelo por las pisadas de la gente. Al cabo de unos 15 minutos llegué al río, un árbol enorme al borde del mismo marcaba la zona donde te podías bañar. Precioso, era un lugar precioso y por suerte, solo se encontraban bañándose 3 chicos australiano, lo normal era que estuviera abarrotado según tenía entendido. Al poco de meterme entablé conversación con los aussie (como se llaman entre sí comúnmente los australianos) y resultaron ser 3 amigos de toda la vida que ahora vivían cada uno en un sitio y, aprovechando las vacaciones, habían decidido hacerse una ruta en coche por el norte de Australia. Ese fue mi primer contacto directo con el acento australiano tan temido, a uno de ellos directamente ni le entendía. Todo el rato diciendo “mate” en cada frase: “Ey mate!”, “How are you going mate?”, “G’day mate!”. No tardé en empezar a cogerle el tranquillo a su forma de hablar. La parte más divertida fue cuando nos percatamos que había una cuerda a modo de liana colgando de una de las ramas del árbol que había mencionado antes. ¡No tardamos en emular a Tarzan en todas sus versiones!. Al final me invitaron a tomar unas cervezas en sus coches, dos camionetas enormes y preparadas con baterías, neveras eléctricas, tiendas de campaña… todo lo necesario para pasar una semana viviendo en ellas, por supuesto, con una de las neveras dedicada exclusivamente a las latas de cervezas.

Ciertamente, las dos primeras semanas en Australia fueron geniales. Me ayudaron a reponerme un poco de la falta de “energía” que traía de Asia (llevaba sin cagar en condiciones desde la India, unos dos meses, y fue entrar en Australia y oye, como mano de Santo). Para que os hagáis una idea, al inicio de mi viaje pesaba 82Kg y cuando llegué a Australia pesaba 69,9Kg. Conocer a Errol fue también algo muy enriquecedor, es una persona que te puede aportar muchísimo si dejas empaparte de todo lo que puede aportarte. Pero como en todo este tiempo, mi etapa en el B&B llegaba a su fin. Mi amigo Sergio llegó a Australia el 19 de diciembre y yo me encontraría con él en Cairns, en el hostal Tropic Days Backpackers y así empezar mi segunda etapa en el país, la del turista con mochila a cuestas recorriéndose el país de norte a sur de la forma más barata posible.

(¡En cuanto tenga una buena conexión a internet subo las fotos!)

One thought on “Oz, El País Soñado (Parte Primera)

  1. Grandes las historias de mi wiki.
    Te sigo hasta el fin del mundo pero… miarma cuando tengas buena conexión sube la fotillos de australia y mianmar cojone jajaja
    un gran abrazo!

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