La Realidad de Calcuta

En el tren que me lleva de Nueva Delhi hasta Agra tengo como unas dos horas largas y he pensado que puede ser un buen momento para empezar la que con toda probabilidad será la entrada más dura y difícil de todas las que he escrito hasta el momento. ¿Que qué hago de camino a Agra cuando debería estar en Calcuta? Eso es otra historia que contaré más adelante, pero por ahora vamos a centrarnos en Calcuta.

Es empezar a recordar todo lo que me ha pasado desde que llegué a esta ciudad y un escalofrío me recorre el cuerpo. Las lágrimas me salen a la vez que las palabras. “Calcuta es dura, muy dura” me decían algunos días antes de empezar mi viaje, no sabía en ese momento hasta que punto de realidad había en esas palabras. Luego llegué aquí y la realidad, una vez más, te tumba de un solo golpe.

He estado pensado mucho sobre como contar todo lo vivido aquí, como intentar expresar los sentimientos y las emociones pero tengo que ser realista, yo no soy escritor ni sé escribir por lo que voy a limitarme a contarlo de la misma manera que he contado todas mis experiencias hasta el momento, relatando lo que me ha ido pasando.

Como ya sabéis, desde mi llegada a Calcuta todo fue una incertidumbre. Pero no pasaba nada, me decía, es tal y como yo lo había imaginado, sin planear mucho o nada, así es como yo lo quería por lo que estaba tranquilo. Solo pensaba en los siguientes pasos que daría al final del día o a la mañana siguiente, sin agobiarme por lo que haría dentro de dos días, tenía tiempo para estar aquí y ninguna prisa. Ojalá hubiera sido todo tan fácil.

Sabéis eso de que todo lo que sube tiene que bajar ¿verdad? Pues yo fue poner los pies en Calcuta y empezar a bajar, bajar y bajar. No habían pasado dos días y en mi cabeza ya se había formado la idea de que me sacaría el visado para Bangladesh o Myanmar cuanto antes y saldría de allí en pocos días. ¿Qué cojones hago aquí? Me preguntaba en los efímeros momentos de tranquilidad que el bullicio y la ciudad me permitían. Os prometo que nunca, nunca me había planteado eso antes, nunca había querido irme de un sitio o al menos con tantas ganas como las que tenía esos primeros días. Ojalá consiga haceros entender el por qué de todo esto.

En primer lugar el viaje ya empezó con el contrapié de tener que quedarme la primera noche en un hostal por no poder localizar al chaval de Couchsurfing. No pasaba nada, nada más llegar me puse en contacto con él, se mostró muy amable y comprensivo y quedamos a la mañana siguiente. Esa noche aproveché para hablar con mis padres, tenía que sacarle partido a la buena conexión que tenía.

A la mañana siguiente volví a ponerme en contacto con Chandan, me sorprendió la amabilidad y las facilidades que me daba, su casa estaba bastante lejos de donde me encontraba pero se ofreció para hablar con los del hotel y con el taxista para que pudiera llegar sin problemas. Nada más desayunar y recoger mis cosas llamé al Uber (un servicio de taxis bastante bueno y barato) que me llevó donde le habían indicado. Allí recogimos a Sandy, un amigo de Chandan, que me llevaba al sitio donde iba a pasar la noche. Ya en el trayecto que compartí con el en el taxi me soltó algo que no me gusto ni un pelo. “This is like my freedom place”, este es como mi lugar de libertad. Para los que no lo sepáis, couchsurfing.com es una Web donde puedes solicitar a la gente que te acoja por pocos días en sus casas de manera totalmente gratuita y altruista, por el simple placer de estar ayudando a alguien de otro país y poder compartir experiencias y culturas. Según esta explicación yo debería estar de camino a casa de Chandan, no de camino a un “freedom place” que a saber lo que sería. No tardé en descubrirlo. Pronto aparcamos delante de una casa en mitad de un barrio de pequeñas fincas, era como un chalet con su parcela.  ¿Y dónde esta el problema? pues en que estaba en construcción, no tenían luces, estaba totalmente vacío y había obreros trabajando allí, solo tenían una habitación con un colchón donde se pasaban las horas bajo el ventilador del techo. Pronto lo entendí todo, ese era el sitio donde iban para beber y fumar maría, me dijo que en casa con sus padres no podía y que alquilaba este sitio como “lugar de trabajo” y como lugar de esparcimiento con los amigos. Para ellos el esparcimiento es sentarse con las piernas cruzadas fumando porros durante horas. 

Los que me conocéis sabéis perfectamente que yo no me encuentro a gusto en un ambiente de este tipo, intentaba convencerme que sería solo por una noche a pesar de que Chandan me había dicho que podría quedarme todo el tiempo que quisiera. ¿Dormir allí más de una noche? ni loco, por el colchón ese había visto caminar bichitos que no conseguía reconocer.

Les comenté que tenía que estar a las 15:00 horas en la Mother House de Madre Teresa porque eran las inscripciones para el voluntariado y se ofrecieron para acompañarme. La verdad es que no podían hacer otra cosa, ellos me habían metido allí y yo no tenía ni idea de cómo volver a Calcuta, estaba a las afueras, en mitad de un campo y como a una hora y media en transporte público. Así fue como tuve mi primer contacto con el metro de Calcuta, abarrotado es poco. ¿Habéis cogido el metro de madrugada en alguna parada de la Feria durante la Feria de Abril? Pues eso es gloria. Yo no dejaba de repetirme que eran experiencias, que después me acordaría de todos estos momentos con nostalgia y que tenía que seguir pensando en positivo.

Desde la parada del metro tuvimos que andar como unos 30 minutos hasta que encontramos la Mother House, llegaba tarde por lo que íbamos andando rápido. Al llegar a la puerta donde se suponía que iba a ser el registro recibí otro revés: “Hoy miércoles 5 de octubre no habrá registros, acudir el viernes a las 7:00 horas”. 

Rápidamente pensé “¡Genial! ya tengo una excusa para decirle que no puedo dormir en su casa rara porque al ser tan temprano tendría que dormir cerca para llegar a tiempo”. Así que les pedí el favor de ir a Sudder Street, la calle donde había leído que se quedaban la mayoría de los voluntarios, pero me sugirieron ir a comer primero e ir después. Nunca fuimos después. 

Ya de vuelta a la casa rara de esta gente me explicaron por qué no podía quedarme en su casa. Al ser el festival estaba toda su familia allí y no había mas hueco. Yo le creí y nos sentamos nuevamente en ese colchón de mierda con un par de amigos que llegaron con el único fin de poder fumar tranquilos. Me cansé rápido, no eran las diez de la noche y dije que estaba cansado del viaje y que me quería acostar. Me bajé a una habitación de la planta baja que estaba medio limpia porque los obreros ya habían terminado allí, tiré mi aislante en el suelo, inflé mi almohada de viaje y me dormí con la ilusión de salir de allí a la mañana siguiente. No tenía ánimos para seguir desperdiciando minutos de ese día.

Era bastante temprano cuando empecé a espabilarme. No sabía si había dormido solo allí o alguien se habría quedado en el colchón de arriba. Sinceramente me daba igual, esperaría a que avanzara un poco el día y me largaría de allí. Sobre las 8:30 de la mañana empecé a escuchar ruidos arriba, Sandy se había quedado allí a dormir también. Me duché y me uní con el en la habitación. A los pocos minutos llegaron un par de chavales de veintipocos años que traían galletas y cosas como para desayunar, un bonito detalle que tuvieron. A modo de presentación me contó quiénes eran. Unos chavales a los que Sandy les había dado clases particulares y con los que ahora se reunía allí para fumar… si, la alegría del detalle me duró poco. Eran las 9 de la mañana y ya empezaban a fumar porros. Yo no aguanté ni hasta las 10, le dije que tenía que irme para buscar el hostal donde quedarme y me pedí otro Uber para volver. No quería resultar desagradecido, sinceramente se portaron muy bien conmigo acompañándome y enseñándome un poco la ciudad, pero ese no era mi ambiente, eso no era lo que yo quería y tenía que salir de allí.

El taxista me dejó a la entrada de Sudder Street. No tenía ni idea de por dónde empezar, no tenía referencias y tampoco tenía todavía datos. Hice lo que haría cualquiera, empecé a recorrer la calle entrando en cada Hostel y cada Guest House que iba encontrando. Mi desesperación empezó a dar sus primeras señales cuando al tercer sitio que visitaba vi una cucaracha en el cuarto meterse debajo de la cama. Las sábanas, blancas en algún momento de su existencia, lucían un color amarillo al estilo huevo podrido. Los más optimistas dirían que era un amarillo vintage, pero a mi el optimismo ya se me estaba acabando. No encontraba nada decente, todos los que tenían mejor pinta subían de las 1000-1200 rupias. Cuando ya empezaba a darme por vencido, llegando al final de la calle, me decidí a probar fortuna en uno que se encontraba en una perpendicular y estaba a pocos metros de la esquina con Sudder. ¡Bingo! bueno, no era para nada una habitación amplia, no tenía Wifi ni ventanas pero al menos no me daba asco tumbarme en la cama ni me parecía un baño mugriento. Hablé con el recepcionista, me pedía 700 rupias pero no me costó mucho conseguir que me dejara la habitación por 600. Seguro que con algo más insistiendo lo bajaba a 500 rupias, pero estaba tan agotado que no tenía ni ganas, 8€ por la habitación me pareció un buen precio.

Me acomodé como pude, distribuí mis cosas entre el suelo, la cama y una pequeña estantería donde apenas me entraba el portátil y la botella de agua y empecé a buscar información sobre Calcuta. Decidí salir a ver los alrededores antes de comer algo, tenía tiempo y nada que hacer, y me apetecía empezar a disfrutar de la ciudad. Ingenuo yo.

Calcuta agobia, estresa, te merma. Todo el mundo te pregunta e intenta que les des dinero de una u otra manera, taxis, vendedores, restaurantes. Lo peor es cuando vienen los niños a pedirte, niños descalzos y semi desnudos a los que los padres les han pintado un bigote gracioso para que resulten más entrañables y así poder ablandar a la gente para recaudar más.

No me apetecía estar en la calle, tardé poco tiempo en darme la vuelta y regresar. Al menos tuve la suerte que uno de los restaurantes más conocidos entre los voluntarios se encontraba justo delante de mi Guest House, el Blue Sky Restaurant. Comí algo y me acosté, no tenía sueño pero tampoco me apetecía seguir despierto. 

A la tarde, ya con el paquete de datos activo en mi tarjeta hindú, empecé a hablar con mis amigos. A todos les decía que estaba bien, que todo iba bien, pero recuerdo que una amiga, con la que tengo más confianza, me preguntó que por qué estaba en la habitación en lugar de dar una vuelta y salir a conocer Calcuta. Lo pensé durante unos segundos, pero le dije lo que sentía, “no me apetece salir”. No tenía ganas de volver a ser atosigado por la gente, de volver a ver personas tiradas en las aceras, de niños con sonrisa de 10 rupias. Me estuvo intentando animar, me contó que cerca tenía la calle Park Street, la calle donde se encontraba las mejores tiendas y restaurantes de Calcuta, me habló de un Apple Oficial Reseller e incluso de una librería que tenía muy buena pinta. Al final me convenció.

Decidí ir a echar un vistazo, ver qué podía encontrar en esa calle tan “lujosa” por lo que me aventuré nuevamente a exponerme a la realidad de Calcuta. El camino era corto, unos pocos minutos andando hasta el inicio de la calle, pero esos pocos minutos bastaron para que en mi cabeza apareciera una reflexión. Me di cuenta que en Katmandú iba por las calles esquivando a los perros, pero que en Calcuta iba esquivando a personas. La cantidad de personas que duermen, comen, se duchan, viven en definitiva en la calle es increíble. Hasta el momento todo dentro de lo “normal” o al menos nada me hubiera afectado especialmente. La suerte me duró poco. Doblé una esquina a mitad de camino y a pocos metros topé con un niño que estaba de rodillas en el suelo. Sostenía entre sus brazos a otro niño más pequeño, posiblemente su hermano, y al acercarme y poder fijarme con atención fui incapaz de distinguir si el niño que sostenía en volandas respiraba. Yacía como dormido, con los ojos cerrados y los brazos apoyados en el suelo de igual manera que si estuviera inconsciente, pero no conseguí distinguir si respiraba o no. Intenté fijarme en su pecho, se le marcaban todas las costillas, pero no hacía ningún movimiento, sus pulmones parecían no llenarse de aire. 

A día de hoy no sé si estaba muerto o no, quizás no lo quiero saber ya que de ser así sería el primer niño muerto que habría visto en mi vida, en la calle, entre la gente que caminaba apartando sus miradas y esquivando sus cuerpos. Eso me terminó de derrumbar, seguí caminando pero como un zombie, no podía quitarme de la cabeza la imagen de ese pequeño en brazo. Quería llorar, me sentía impotente, no podía hacer nada, no tenía recursos, no conocía a nadie, no hablaba el idioma para poder comunicarme con ellos, me sentía vacío. Recorrí la calle, nada en especial, o nada podía ser especial para mi esa noche. La indiferencia de las personas fue desgarradora.

Esa noche volví al hostal destrozado, llevaba en Calcuta 3 días y no encontraba razones por las que seguir aquí.

 – Mañana sería un nuevo día –

Sonó la canción “Like a Star” de Corinne Bailey Rae a las 6 en punto de la mañana. Esta canción ha sido mi despertador desde que la conocí estando de Erasmus en Italia, me trae muy buenos recuerdos. Me duché, me preparé y salí con los pocos ánimos que había conseguido recuperar durante la noche. Tuve la impresión de que eran las 10 de la mañana en lugar de las 6:20. Un calor que junto a la humedad empezaba a hacerme sudar, muchísima gente por la calle, los puestos comenzaban a formarse y los vendedores apilaban la fruta colocando las mejores piezas al principio. En cada fuente o boca de agua me encontraba con gente que se aseaba con cubos y barreños, los perros se peleaban los primeros trozos de carne de la mañana, bicis con puñados de gallos y gallinas colgados de las patas camino de su destino. Nada me que me despertara una chispa de esperanza.

Poco antes de las 7:00 alcancé la Mother House. La puerta aun estaba cerrada pero la misa de las Hermanas ya había terminado. No tardaron mucho en abrir. Accedí al patio central, me senté en un banco al lado de la entrada a la tumba de Madre Teresa y pregunté qué tenía que hacer si quería ser voluntario. 

– Están preparando el desayuno y en seguida podremos pasar.

Era una sala amplia, con bancos para que los voluntarios pudieran sentarse mientras compartían el desayuno entre ellos. En realidad, desayuno creo que se queda demasiado holgado, lo que dan es un plátano, un par de rebanadas de pan de molde y un vaso de té con leche. Una cosa que me sorprendió desde el principio fue el número de voluntarios, eran muchos, más de lo que yo me esperaba, y de todas partes del mundo: Chile, Argentina, México, España, Francia, Italia, EE.UU., Reino Unido, Israel, Egipto… y alguno más que seguro no recuerdo. 

Lo que viví esa mañana cambiaría radicalmente mis ánimos. Si hasta ese momento estaba deseando irme de Calcuta, después de pocos días trabajando en Mother House pasé al lado totalmente opuesto, sé que algún día volveré a este lugar. Y es que la alegría, el positivismo, las ilusiones, los buenos sentimientos, la buena vibra, el buen rollo, las ganas de salir adelante que se viven allí cada uno de los días son inmensas. El trabajo es duro, muy duro, ahora os contaré con más detalles, pero vas con una ilusión todas las mañanas que cuesta creer.

Todo empieza compartiendo el desayuno en familia, comentando como fue la tarde pasada y, sobre todo, cómo van esos estómagos y actualizando la lista de los caídos en la batalla contra las diarreas. Oficialmente empieza el día con una pequeña oración, no olvidemos que es un lugar cristiano. Todo es super entrañable. Algo que me encantó desde el primer día es lo que le sigue a la oración, la canción de agradecimiento que se le canta a todos los que hacen su último día. Después los avisos e información relevante por parte de la hermana encargada de los voluntarios y nos dividimos en los distintos grupos de trabajo para empezar la jornada. Trabajé en Prem Dan mi primer día y desde entonces, no ha pasado ni un día en el que haya ido a trabajar y no haya ido allí. Es complicado de explicar, esto se tiene que vivir en persona para comprender la magnitud de lo que se logra en este lugar.

¿El trabajo? pues el trabajo es bien sencillo, la primera tarea del día es la colada, ayudamos a lavar la ropa y tenderla en la azotea. Terminado esto pasamos a las camas. Las camas se friegan todos los días y se les cambia la ropa todos los días también. Son muchas las camas ya que son muchas las personas que son acogidas en este lugar, más de las que me gustaría pero muchas menos de las que lo necesitan. Entre las 9:30 y las 10:00 de la mañana se les sirve un té con galletas a todos los “internos” (por referirme a las personas que allí viven de alguna manera). Nosotros lo que tenemos que hacer es asegurarnos de que todos reciben su vasito de té y las galletas pero también ayudamos a los que no se pueden valer por si mismos a que coman y beban. Durante los pequeños ratitos muertos o que estamos esperando qué hacer acompañamos a los internos, hablamos con ellos, les afeitamos y les hacemos reir un poco. Reir alarga la vida dicen. Fregamos todos los vasos utilizados para el té y tenemos un descanso, el “chai break” le llamamos. Es el único momento en el que los voluntarios se reúnen con las voluntarias ya que la casa divide a los internos por género, principalmente por temas de privacidad ya que todos ellos son bastante mayores en general. La última parte del día consiste en repartir la comida, se suele servir sobre las 11:15 de la mañana y en la mayoría de los casos en un abundante plato de arroz con curry y dal (plato de lentejas típico de India y Nepal) aunque varían durante la semana. Todos se acuestan en las camas después de comer y nosotros fregamos todo para dejarlo listo. Acaban las tareas sobre las 12:00 de la tarde y los voluntarios nos vamos a comer todos juntos a algún lado cerca de Sudder Street casi siempre.

Estas son las tareas en general, pero son simplemente las actividades. ¿Lo que yo vivo? lo que yo vivo es algo muy distinto. Yo soy de los que prefiere subir a tender, me encanta compartir ese ratito conversando con el resto de voluntarios, echarnos unas risas bromeando los unos con los otros para comenzar la jornada con energía y una sonrisa en la cara. Desplazarte de un sito a otro es más que un simple paseo, te vas encontrando con todos los internos que te saludan, quieren estrecharte la mano o simplemente se llevan la mano a la frente en señal de agradecimiento sin pronunciar ni una sola palabra, no porque no quieran, porque no pueden. Charlar y acariciar a los que no pueden ni salir al patio mientras estamos haciendo las camas. Hoy mismo uno de ellos, mientras fregaba la cama contigua, me ha agarrado del brazo y haciendo un gesto en mi frente me ha bendecido diciéndome que viviré más de cien años. Cada día te sorprenden con algo distinto, es genial verles sonreír cuando te ven acercarte a ellos. Repartir el té y ayudarles a tomarlo es otro de mis momentos favoritos del día, te permite acercarte a ellos de una manera más íntima y, aunque en la mayoría de los casos no podamos comunicarnos bien porque no hablen inglés (ni nosotros hindi ni bengalí) o bien por que simplemente no puedan ni hablar, el simple hecho de verles como te miran agradecidos hace que todo lo malo vivido merezca la pena.

Pero ¿quiénes son estos internos? En su mayoría son personas recogida de la calle y que se encontraban en una situación bastante extrema. Hay otros voluntarios que se dedican a recorrer las estaciones y las calles de Calcuta, acudiendo a los avisos de otras personas, recogiendo a los que están peor. En el centro se les trata las heridas. En muchas ocasiones ya es tarde y muchos tienen dedos amputados o miembros enteros. Otros tienen más suerte y se recuperan poco a poco.

Me sorprende la capacidad de superación, la fortaleza al dolor que han generado las personas de aquí. El mismo día que yo empecé a trabajar en Prem Dan, o quizás al día siguiente no recuerdo bien, hubo un pequeño revuelo entre los voluntarios. Acababan de traer a un chaval joven, de 21 años. Se lo habían encontrado tirado en una estación de metro, yacía en el suelo con el cráneo destrozado.

– ¿Habéis visto al que han traído? le falta parte del cráneo.

– ¿Qué dices?

– Sí, mira – Señalando el patio trasero del complejo.

Efectivamente, me levanté del taburete donde me sentaba mientras fregaba los vasos del té y le vi. Había como unas tres personas a su alrededor con mascarillas y guantes, trabajando deprisa para intentar curarle. Lo poco que pude ver ese día es que tenía la parte de la coronilla totalmente al descubierto, le faltaba el trozo de hueso, la piel estaba ya putrefacta y tenía gusanos que habían empezado a comerse el tejido dañado. Tardaron varios días en poder limpiarle por completo la zona de la herida y eliminarle todos los gusanos. Incluso mientras estoy escribiendo esto me estremezco, me resulta muy fuerte recordarlo, nunca había visto tan de cerca a alguien con semejante herida. ¿Cómo pude aguantar la mirada? ni yo mismo lo sé, supongo que verle esos ojos tan blancos al contraste con su piel, ver su expresión y no apreciar ningún indicio de dolor me tranquilizaba, o quizás lo que nos haga estremecer sean los gestos de dolor y no la herida en sí. Lo bonito de todo esto es que a día de hoy sigo viendo al chaval a diario, con la cabeza tapada con los vendajes pero totalmente normal, consciente, paseándose, comiendo, hablando. Cuánto tiempo ha pasado, ¿dos semanas?, es increíble la recuperación tan rápida que ha tenido, es genial poderle ver todos los días.

¿Qué hacen en Prem Dan? pues cada día lo tengo más claro, salvar vidas.

Perdonadme, me he extendido mucho más de lo que pretendía en esta entrada, pero creo que estaréis de acuerdo conmigo en que es muy complicado expresar todo esto con solo palabras. Os puedo asegurar que aun hay más, mucho más. Otra tarde también tuve la oportunidad de ir a otro centro de las hermanas llamado Daya Dan, con niños pequeños con toda clase de problemas, pero es que solo esa tarde ya me daría para otra entrada.

Esta ha sido con diferencia mi entrada más difícil, pero después de haber superado los primeros días te das cuenta de que La India es un país lleno de personas amables, cariñosas y afectivas, que se emocionan e ilusionan con el simple hecho de que les saques una foto y cuando lo descubres te das cuenta de que ésta también es tu casa.


Os dejo algunas fotitos de la India, pronto os contaré mi viaje a Nueva Delhi y Agra

9 thoughts on “La Realidad de Calcuta

  1. Calcuta es tremendamente dura.

    ¿Te gusta la dhal? Intenta comerla con “purium” alguna vez. Está más buena que el serranito.

    • Me encanta el Dhal!!! lo he probado de muchas formas, hasta con espinacas!! la próxima vez lo pido con purium!!!

      Recuerdos a todos por la oficina!

  2. Olé el Wiki aventurero, grande en todos los aspectos, qué crónica tan interesante y emotiva. Ha tardado en publicarla, pero comprendo su situación ( Internet deficiente y jornada de voluntariado muy intensa). Tío me tienes super enganchado, pues cada dos días tengo que cargar el celular. Ánimos y adelante, ya has tenido el primer bajón pero lo has superado con valentía.😚☺🙂

  3. … con cada feedback va mi opinión, y con cada “buenos días” el mostrarte que aquí estoy (y seguiré). Pero los comentarios alimentan este tipo de entradas/historias/relatos, y sin duda, te animo a que te plantees a que después de este año, edites y publiques “La verdad sobre un viaje alrededor del mundo” 😉 VIBRANTE tu crónica y tu paso por La India. La mirada de los niños, tu sensibilidad al captarlo todo. BRUTAL. Sé que no vas a caer, pero si vuelven momentos difíciles, prepárate un buen Colacao, recuerda ciertas palabras y sigue sonriendo (no olvides avisarme! Encontraré otra librería dónde podrás resguardarte!), porque detrás de eso, habrá algo grande que descubrir y vivir. Y así enriquecernos en parte a todos. Y lo sabes 🙂

  4. Kaixo Juli, me ha encantado tu relato
    Veo que estás viviendo una experiencia que muchos envidiaran seguro, valiente por ello.
    Que sepas que no he podido parar de leer hasta terminar me ha conmovido, asustado, e ilusionado tu vivencia.
    Seguiré leyéndote besos

  5. Gracias por compartir esta experiencia, muchas veces perdemos el norte con las banalidades de la rutina. A la vez que ayudas a los de allí, a muchos que te leemos desde la comodidad nos recuerdas que basta con sonreir para que alguien se sienta agradecido y amado. Sigue sonriendo y salvando vidas allá donde vayas! Nada te turbe! Amarás el final!

    • Siempre he pensado que una sonrisa te abre más puertas que ninguna otra cosa. Gracias por compartir conmigo tus ratitos.
      Amarás el final 😉

  6. Hola de nuevo, Wiki aventurero, creo que las personas que han experimentado las mayores tristezas son las que siempre se esfuerzan más en hacer a otros felices. Porque ellos saben, en carne propia, lo que es sentirse desolados y abatidos.😍😍

  7. BRUTAL! Cómo va ese estómago? Q pena no leyera antes, te voy a retar te fumes un cigarrito de la felicidad wiki!! ajjajaj 12 pavos pero… valdrá la pena! JAJAJA
    Un abrazo grande
    Exame cuenta emn!

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