Conociendo Myanmar (Parte Segunda)

Inle Lake es uno de los lugares más turísticos de Myanmar. Todo el mundo que me encontré viajando por ese país había ido o iba a ir a Inle Lake en algún momento de su viaje. El máximo atractivo turístico es el lago, un lago inmenso del que la gente ha sabido sacar provecho y gracias a él han podido subsistir las comunidades que le rodean. Bien por la pesca bien por la agricultura, el lago es la principal fuente de toda su economía.

Como no podía ser de otra manera, nuestra entrada en el pueblo fue a través del lago. Un canal ancho cruza bordeando el pueblo y hace las veces de enlace con el lago. Para ser sincero, pensaba que el pueblo estaría más metido en el lago y sería más estilo Venecia pero con chozas en lugar de edificios. En absoluto, el pueblo era un pueblo normal, con un solo canal por donde entrar y salir y punto. Me reafirmo, el único atractivo era el lago y el mercado flotante pero que no tuvimos ocasión de visitar ya que es una vez cada 5 días y no coincidimos.

Bueno, nada más desembarcar en el pueblo no dividimos. Algunos, la mayoría, ya tenían reservado hostal donde pasar la noche y las mochilas se las habían enviado a sus respectivos sitios. En cambio nosotros, Nils, Noemi, Hanah y yo no teníamos nada reservado, todo por internet nos pareció carísimo y decidimos buscar algo por nuestra cuenta al llegar. Nuestras mochilas se encontraban en un hotel que era colega de los dueños del hostal donde nos quedamos en Kalaw y que era el lugar por defecto para todos aquellos que, como nosotros, no tenían ninguna reserva hecha. Tocaba dividirse.

  • ¡Ey! ¿dónde vais vosotros?
  • Nosotros tenemos las mochilas en el hostal Ostello Bello
  • Si, nosotros estamos al lado también – añadió una de las chicas del grupo de neozelandesas
  • Vaya, nosotros no tenemos sitio, nuestras mochilas están en el hotel de referencia que nos dieron
  • No hay problema, nos vemos en el Ostello Bello a las 19:00 horas, es un sitio bastante conocido y fácilmente reconocible, no tendréis problemas para encontrarlo
  • Hecho, pues nos vemos allí

Así fue como nos dividimos después de 3 días estando juntos las 24 horas. Cuando pasas tanto tiempo viajando y te toca despedirte tantas veces de tanta gente tu mente lo interioriza y crea un nuevo tipo de amigo, podríamos llamarlo “amigo de viaje temporal” y cuya definición sería algo así como: “Amigo con el que estableces una estrecha relación durante un breve periodo de tu viaje y por el cual no se tiene sentimientos de pena o dolor en su despedida”. Puede sonar muy rudo, pero es la realidad. Son personas con las que te has divertido, has pasado buenos momentos pero no han llegado a profundizar como amigos. Cuando llega la hora de separarte de ellos simplemente les deseas lo mejor en su viaje, le dices adiós con un fuerte abrazo y punto. Ni tu cuerpo ni tu mente sienten la despedida, cada uno prosigue su camino y listo.

Recogimos las maletas emprendimos la búsqueda de alojamiento. Serían las 16:00 horas  más o menos, hacía un calor infernal y cargar con las mochilas suponía una ardua tarea. Hicimos un tanteo rápido por internet de los lugares más cercanos, nos dimos cuenta de que había una especie de carretera principal y decidimos llegar a ella y empezar a recorrerla. Íbamos parando en cada hotel/hostal que nos encontrábamos por el camino. Siempre encontrábamos dos respuestas, o que estaban llenos o que el precio ascendía por encima de los 25 dólares. El calor empezaba a ser sofocante y cada vez teníamos menos ganas de caminar. Llegamos a la avenida principal y decidimos dividirnos, Hanah y yo iríamos a la izquierda mientras que Nils y Naomi esperarían en la esquina en la que nos encontrábamos a la sombra. Lo sé, ¿que mierda de división era esa? pero resultaba ser que tanto Hanah como yo éramos los que más energía conservábamos y los que más ganas de encontrar algo barato teníamos. Trabajábamos bien juntos, cada uno nos encargamos de un lado de la calle y la íbamos recorriendo sitio por sitio. Llegué a parar a un motel que tenía muy buena pinta y el que intuía sería caro pero para mi sorpresa, tras hablar con la mujer que lo regentaba, me indicó que el precio sería 40 dólares por noche y con el desayuno incluido. Haciendo cuentas salía a 10 dólares cada uno, algo bastante asequible y bastante mejor que todos los precios de los sitios consultados hasta el momento. Al final, negociando con ella conseguí bajar el precio a 36 dólares, no mucho pero bueno, 9 dólares por persona con baño privado y desayuno incluido, sinceramente no podíamos pedir más. Salí de aquel motel para reencontrarme con Hanah en el punto de encuentro que habíamos designado para cuando acabáramos la calle. Yo llegué primero por que dejé de consultar más sitios, este me había gustado y estaba justo en frente del punto de encuentro. Cuando llego a la esquina me percato que justo el edificio que hacía esquina era el hostal Ostello Bello, el lugar donde habíamos quedado con el resto del grupo esa misma tarde. ¡Todo era perfecto! sitio bonito, barato y justo en frente por lo que no tendríamos que andar mucho esa noche. A Hanah le convenció al instante el sitio, volvimos calle atrás para encontrarnos con los otros, los cuales se quedaron sorprendidos por el precio y no se lo pensaron ni un segundo. ¡Teníamos sitio para pasar la noche!

Pudimos descansar unos minutos, tomarnos una buena ducha de agua caliente y arreglarnos con tiempo más que de sobra. A las 19:00 horas en punto estábamos en el Ostello Bello, los que se quedaban en ese hostal ya estaban en la entrada preparados, solo faltaba el grupo de neozelandesas que no tardaron mucho en llegar. Una vez todos juntos nos fuimos a un lugar recomendado por Kevin para cenar, se trataba de un restaurante Indio que tenía muy buenas críticas pero que resultó ser demasiado pequeño para todos los que íbamos. Acabamos cenando justo en el bar de al lado uniendo prácticamente todas las mesas de que disponían. La cena transcurrió bastante amena, charlando todos con todos e incluso con algún Frozen que quedaba pendiente de usar. La mejor parte llegó cuando, al despedirnos, una de las chicas neozelandesas me comenta que al día siguiente iban a ir a patinar. Imaginaros mi cara al escuchar “patinar”.

  • ¿Has dicho patinar? ¿Patinar con patines te refieres?
  • Sí, hemos visto una pequeña pista en la calle principal, mientras veníamos, donde alquilan patines

Yo, que amo patinar y que llevaba 3 meses sin ponerme unos patines (tenéis que tener en cuenta que en el último año había patinado como mínimo 1 vez por semana siendo la media de 2,5 veces a la semana durante TODAS las semanas). Yo estaba que no me lo creía.

  • Yo voy. Voy con vosotras

No le pregunté siquiera, no le di la oportunidad de consultarlo ni de que se lo planteara, ya estaba decidido, yo iba a ir con ellas y punto. Estaba super ilusionado, ¡iba a poder patinar después de tanto tiempo y encima en una pista con cuestas y todo!. Con ese buenísimo saber de boca nos fuimos Hana y yo para el motel, nuestros compañeros alemanes decidieron quedarse un rato más. ¡Tenía clarísimo que esa noche soñaría con aquel sitio!

Me desperté temprano, como casi todos los días, deseoso de tener noticias de las chicas de Nueva Zelanda y saber a qué hora iríamos a patinar. Aunque para ser sincero de verdad, me levanté con ganas de desayunar. El día anterior nos pidieron que le indicáramos a qué hora nos gustaría desayunar y le habíamos dicho sobre las 9:00 horas. A las 9:05 estábamos saliendo por la puerta dirección al pequeño cenador que había en la primera planta, un sitio ideal donde pasar las horas leyendo o simplemente conversando. Nada más subir las escaleras me encuentro con que Nils y Naomi ya estaban sentados en la mesa con el desayuno a medias. Nos habían preparado todo, teníamos zumo, tostadas, mermelada, mantequilla, café, tortilla o huevo frito. Sin duda, un maravilloso desayuno si tenemos en cuenta el precio que pagamos por la habitación.

Parecía como si no quisiéramos movernos de aquel cenador. Estábamos muy a gusto charlando y comentando posibles planes. Yo ya había tenido noticias de mis compañeras de patines así que los demás decidieron alquilarse unas bicis y dar una vuelta por los alrededores. Habíamos quedado sobre las 11:00 horas en la puerta del skatepark así que 10 minutos antes de la hora acordada salí del motel con la ilusión de un niño chico con zapatos nuevos, lo que no sabía era lo poco que esa ilusión me iba a durar. Al llegar al sitio me lo encontré cerrado. No solo eso, no era como me lo había imaginado, pensaba que sería más estilo skatepark como el del plaza de armas y era más una pista de patinaje que otra cosa. Total, que volví corriendo al motel para avisar a Hana de que nos uníamos a lo de las bicis. Al final, acabamos todos alquilando unas bicis y conociendo los caminos de los alrededores del pueblo.

El día era perfecto, soleado como esos días de julio y agosto en Sevilla, con un calor que, en ocasiones, resultaba algo agobiante pero que al ir montados en las bicis poco importaba. No teníamos ningún destino ni preferencia, simplemente si veíamos un camino nos metíamos y a ver dónde íbamos a parar. La verdad es que conseguí olvidarme de los patines, me estaba divirtiendo con las bicis.

Tras varias horas dando vueltas la peña empezó a tener hambre y preguntar por si íbamos a comer juntos o no. Todos estábamos predispuestos a comer en algún sitio así que nos pusimos en marcha dirección al pueblo para encontrar el mejor sitio donde comer. Bueno, no fue el mejor pero al menos nos gustó a todos. Cuando terminamos de comer nos volvimos a despedir. Nosotros 4 tiramos para la izquierda y las chicas “kiwis” (es el gentilicio informal para los neocelandeses) te fueron para su hotel a la derecha. La pista de patinaje se encontraba a mitad de camino entre el restaurante donde comimos y nuestro motel. Aun albergaba cierta esperanza de que estuviera abierto cuando pasáramos por delante. Fui un iluso, por supuesto que no estaba abierto. Regresamos al motel, estábamos algo cansados y estaba deseando echarme una siesta de horas. La tarde se planteaba bastante relajada, Hana y yo decidimos dar una vuelta con las bicis y buscar un cajero donde poder sacar algo de dinero. Fue una misión imposible, todos estaban estropeados, fuera de servicio o la tarjeta no funcionaba, nada de dinero por el momento. Cuando emprendimos el camino de regreso al motel ya había anochecido. Yo iba pensando en posibles soluciones para el problema de la liquidez económica cuando, sin esperarlo en absoluto, me percato de una música tipo discoteca de los años 80 o 90. Levanto la mirada, no me creía lo que veían mis ojos, ¡la pista de patinaje estaba abierta! serían las 19:00 horas y apenas había nadie, pero igualmente entramos para preguntar. El alquiler de los patines costaba 1000 Kyats por 1h. Si hacemos el cambio, no llega ni a los 70 céntimos de euro pero los patines tenían un pequeño inconveniente… ¡Solo tenían dos ruedas cada uno!. Todos los patines que tenían para alquilar eran de los clásicos, pero yo quería los de línea. Solo tenía dos pares y a todos ellos les faltaba las dos ruedas centrales. ¿Me quedaría sin patinar por ese pequeño inconveniente?

Decidimos volver al motel, teníamos hambre y estábamos algo cansados. A pesar de todo, yo no conseguía quitármelo de la cabeza. ¿Iba a dejar pasar esa oportunidad?. Hana se dio cuenta en seguida, solo le faltó mirar la expresión de mi rostro para saber que seguía cavilando la idea de los patines. No me hizo falta decirle nada, me lo propuso ella directamente. ¡Vámonos a patinar un rato!. Obviamente no tuvo que insistirme más. Nos montamos en las bicis y nos fuimos directos al sitio, deseando ponerme los patines. Al llegar nos llevamos una sorpresa, ¡había bastante gente patinando!. Todos eran locales y, la gran mayoría, jóvenes. La idea de abrir un sitio así para los chavales y sacarlos de las calles me parece genial. Estaba claro que gran parte de la juventud del pueblo estaba allí, se reunían allí. A parte de practicar algo de deporte, están entretenidos y distraídos del consumo de alcohol y drogas, algo bastante común en los países que hasta el momento había visitado. Sin más preámbulos nos fuimos directos al “encargado” de la pista y le pedí los patines de línea:

  • ¡Hola! al final hemos decidido que si vamos a patinar un rato. ¿Podría darme un par de los patines en línea?
  • Lo siento, esos patines tienen dueño y los están usando en estos momentos.

¿Cómo? ¿que esos eran privados y no son de alquiler? ¿y que encima los están usando? Valiente chasco que me llevé. Hana intentó reconfortarme diciéndome que ella se iba a pillar los clásicos, que me pillara yo uno de esos también, pero yo no había patinado nunca con ese tipo de patines y, todo el que me conoce lo sabrá, que soy muy cabezota cuando se me mete algo entre ceja y ceja. Oteé la pista, localicé al chavalito que los tenía y sin pensármelo dos veces me fui por él. Me esperé en la esquina de la pista a que pasara y, cuando estuvo a mi altura, le llamé haciéndole señas y se me acercó.

  • Hola, perdona que te moleste. Me gustaría probar a patinar pero con unos patines como los tuyos, ¿Me los dejarías un rato?
  • ¡Claro! Sin problemas, toma.

Flipa, el chaval se quitó los patines y me los dejó, yo estaba contentísimo en ese momento. Hana cogió su par y, sin poder disimular su cara de asombro, se me unió en la pista y, por fin, empezamos a patinar en círculos.

Al principio íbamos despacito, tanteando el terreno y haciéndome a los patines. Es importante recordar que solo tenían 2 ruedas cada uno en lugar de las 4 ruedas que suelen tener todos los patines en línea. Para mi sorpresa, Hana se desenvolvía bastante bien, patinaba sin titubeos y con bastante convicción. Poco a poco fuimos ganando confianza, yo me fui envalentonando cada vez más y empecé a probar cositas con los patines. Primero un pequeño derrape en “power slide”, luego un salto con transición, algunas curvas patinando de espalda… no tardé mucho en encontrarme en mi salsa.

Entre todos los chavales que había allí patinando, había uno que resaltaba por encima de los demás. No tenía una técnica muy depurada pero se le notaba que andaba bastante suelto en eso del patinaje. Subía por la doble cuesta y la bajaba haciendo el águila con los patines clásicos. El águila es algo que a mi nunca me ha salido, se necesita mucha flexibilidad en las piernas y eso es algo de lo que yo, por ahora, carezco. Hana no paraba de picarme comparándome con el chaval.

  • ¡Mira mira! sube y baja la cuesta mucho mejor que tú.
  • ¡Claro! esta gente se pasan media vida sentados en el suelo con las piernas cruzadas como si estuvieran meditando, es normal que tengan tanta flexibilidad en ellas. – Decía para quitarle méritos al chaval –

Imaginaros entonces, a mi que no me faltan palillos para bailar,  empecé a subir la cuesta y en la segunda rampita saltaba para salir de la misma. Al principio lentito y con saltos cortos, luego empecé a intentar agarrarme los patines en el salto y, al los pocos intentos, ya conseguí la confianza necesaria para salar y “grapar” en condiciones. No nos habíamos percatado, pero el chaval también se había fijado en mi. Siempre que yo entraba en la rampa él venía detrás y hacía algo parecido. Hasta llegar al punto de decirle a Hana: “mira mira, el colega sa picao conmigo”. Lo dije en plan broma, como una coña, pero estaba en lo cierto. A los pocos minutos el chico le pidió el otro par de patines en linea al chaval que los estaba usando y se los puso. Esa fue la señal clara de que quería guerra. “Pues si quiere guerra, ¡guerra tendrá!”

Ya no disimulábamos, hacíamos cualquier cosa y, nada más terminar, mirábamos la cara que ponía el otro. Yo subía la rampa, el la subía detrás. El hacía cualquier cosa, yo la hacía detrás. Claramente había un pique entre los dos. Los colegas de él se ponían a picarle cuando yo hacía algo y Hana me picaba a mi cuando él hacía algo. Esto solo podía acabar de una sola manera, era él o yo.

Tras varios saltos, transiciones en mitad de la rampa, empecé a entrar en la doble rampa de espaldas. A él se le veía que le costaba y no se atrevía a ir de espaldas. El águila lo hacía perfectamente, pero era prácticamente el único truco que se sabía. Empezó a imitarme y a repetir mis trucos, como el de ir solo con las dos ruedas delanteras o haciendo la bailarina, pero ya estábamos empezando a cansarnos y tenía que zanjar esta disputa antes de que el cansancio me derrotara. Llamé su atención, le hice señas para asegurarme que me vería hacer el siguiente truco. Este fue el último que aprendí hacer junto a mis compañeros del club Sevilla Patina, solo lo había hecho un par de veces y aun no me salía del todo bien. No la tenía todas conmigo pero sabía que si quería terminar de inclinar la balanza a mi favor tenía que hacer algo que él fuera totalmente incapaz de hacer ni de repetir. Respiré hondo, tomé algo de velocidad, este truco solo me salía si iba a media velocidad, me dije a mi mismo que me iba a salir perfectamente y me lancé sin pensarlo más. Cuando llegué a la mitad de la pista di un salto y, mientras me encontraba en el aire, hice un giro de 360º volviendo a caer sobre los patines y siguiendo patinando sin problemas. ¡Me había salido!, después de más de 3 meses sin ponerme unos patines, con unos patines con solo 2 ruedas en cada uno, sin haberlo ensayado o practicado minutos antes, había conseguido hacer un 360 casi perfecto. Nada más caer del salto y estabilizarme miré al chaval, lo había visto, había recibido el mensaje y la cosa quedó zanjada. No fue capaz de repetirlo y ni tan siquiera lo intentó. Desde ese momento había acabado la guerra. Ambos seguimos patinando un rato más, el se cambió y volvió a los patines clásicos, yo continué dando vueltas más tranquilo, conversando con Hana. Me sentía cansado, tanto salto en patines me había consumido toda la poca energía que me quedaba de ese día, pero me encontraba mejor que nunca, y mejor que nunca no por haber “ganado” el pique que había tenido, me encontraba mejor que nunca por que después de mucho tiempo había vuelto a disfrutar de una de las cosas que me hacen más feliz en este mundo. Patinar y, sobre todo, patinar con amigos es ya casi como una droga para mi. Podría hacerlo diariamente y no me cansaría nunca.

Al poco decidimos que ya era suficiente (más bien lo decidió nuestro cuerpo) y abandonamos la pista de patinaje, no sin antes acercarme al chaval para agradecerle el buen rato que me había regalado, le choqué la mano, le di las gracias por todo y nos fuimos de la pista con ganas de bebernos un par de cervezas como si hubiera que celebrar algo, más bien, como para celebrar simplemente que éramos felices, que los dos estábamos haciendo algo que nos estaba aportando más de lo que actualmente somos conscientes y que, a pesar de los miles de quilómetros que estaba de mi casa, tenía cerca a una amiga con quien vivir y compartir todos esos momentos.

A la mañana siguiente nos levantamos con ganas de más. No de volver a patinar sino de seguir disfrutando de los alrededores de Inle Lake en bicicleta. Esta vez, como íbamos a ir los dos solos, nos planificamos un poco la ruta y la hicimos algo más larga, bastante más larga. En realidad, simplemente teníamos un mapa y sabíamos el punto al que queríamos llegar, nada más. Si veíamos un camino e intuíamos que nos podría llevar a algún lugar chulo nos metíamos. Más de una vez nos tuvimos que dar media vuelta por que el camino se acababa o simplemente era impracticable. En una de esas ocasiones, recorriendo un tramo de carretera, en mitad de una curva, vimos que a la derecha subía un camino de escaleras por una montaña. No tenía ni letrero ni indicaciones de ningún tipo, pero tenia un techito donde se podían dejar las bicis aparcadas así que, después de pensarlo unos segundos, los dos coincidimos que podría ser divertido descubrir a donde te llevaba ese camino. Abandonamos las bicis al lado de la carretera y a pesar de no tener ni pitón ni candado teníamos la certeza y tranquilidad de que seguirían ahí cuando volviéramos. Al poco de empezar a subir vimos una señal que decía algo así como “hueco natural de aire caliente”.

  • ¿Hueco natural de aire caliente? ¿Eso qué es?
  • Vamos a averiguarlo

Obviamente nos desviamos para descubrir de qué se trataba. Al llegar nos quedamos bastante sorprendidos, yo no había visto nada parecido en toda mi vida. No era gran cosa, se trataba de un árbol en el que en la base se abría un hueco profundo, en el que no se veía el fondo y desde el que emanaba un aire caliente. Se podía ver perfectamente la distorsión provocada por el cambio de densidad en el aire caliente. Para mi, que era una la primera vez que veía algo así en la naturaleza, era una pasada. Disfrutamos del sitio unos minutos y continuamos nuestro ascenso por las escaleras. Tras algunos escalones de más llegamos a un templo dedicado a Buda. Un templo erigido en la cumbre de la montaña y con vistas tanto del lago como del pueblo. Tenía forma circular y en su interior podíamos encontrar varias estatuas o figuras de Buda y, a modo de viñetas de un cómic, cuadros que decoraban toda la pared contando distintos hechos en la vida de Buda. Como casi siempre, encontrarnos el templo dio lugar a una de tantas conversaciones que tuvimos Hana y yo. ¿A quién rezan los Budistas? ¿Filosofía de vida o religión? ¿Todos quieren llegar al Nirvana? ¿Por qué hay diferentes Budas?. Me encantaban, disfrutaba muchísimo conversando y discutiendo con Hana de cualquier cosa. En ocasiones teníamos puntos de vista cercanos y en otras diametralmente opuestos. A lo largo de los 15 días que estuve con ella tratamos casi todo tipo de temas: religión, igualdad de género, extremismos, día de la Hispanidad y la conquista de América, revolucionarios o asesinos (Ernesto Guevara, Mahatma Gandhi…), libertad sexual… un abanico amplio de temas del que aprovechaba su opinión para enriquecer la mía, y seguro que ella hizo lo mismo.

No estuvimos tampoco mucho tiempo, nos quedaba un largo trecho por delante. Bajamos a por nuestras bicis y continuamos el camino. Ese día habíamos decidido pegarnos un homenaje y comer en un restaurante, era nuestro último día en el lago y bueno, llevábamos ya muchos días comiendo en sitios más que baratos, por una vez que nos gastáramos algo más (ese algo más eran unos 7€ cada uno) no íbamos a quedarnos pobre. El sitio lo habíamos decidido antes de salir, un pequeño restaurante de comida típica birmana y que se encontraba perdido en medio del campo. Para llegar a él teníamos que cruzar el lago todavía así que sacamos algo de fuerza y dimos un empujón gordo hasta llegar a un pequeño poblado, por llamarlo de alguna forma, desde donde podías negociar con la gente para que te cruzaran el lago con las bicis. He de reconocer que esta negociación fue bastante dura. Teníamos comentarios y experiencias de amigos de Hana que habían cruzado meses atrás el lago por lo que sabíamos cuánto podíamos bajar el precio inicial pero tuvimos la mala fortuna de encontrarnos con una pareja, un chico español casado con una mujer asiática, que también querían cruzar. ¿En qué nos perjudico esto? pues en que era la típica pareja que viajaba sin pasar necesidades y les daba igual el precio. El chico estaba por la labor de luchar con nosotros por un precio más justo, pero la chica se conformó con la primera bajada de precio así que ya nosotros no pudimos hacer nada. Nos resignamos y cruzamos el lago con la sensación de haber pagado más de lo que deberíamos pagar por ese desplazamiento. Sin embargo, el paseo fue tan ameno y bonito que pronto se nos quitó ese mal cuerpo que teníamos.

Al llegar al otro lado coincidíamos los dos en que el hambre iba dando ya sus primeras señales de existencia. Teníamos ya ganas de encontrar el sitio y disfrutar de la deliciosa comida birmana, sin embargo, aun nos quedaba algo más de una hora hasta llegar a la localización del restaurante que, ciertamente, se encontraba perdido entre medio de caminos de tierra. Fueron varias las ocasiones en la que nos tuvimos que detener y consultar el mapa en el móvil, para asegurarnos que íbamos por el camino correcto. Cuando ya el hambre iba acercándose a cotas peligrosamente alarmantes vimos en el camino la señal que indicaba la localización del restaurante. Ya estábamos allí. El sitio nos sorprendió desde el primer momento. Empezando por su verdaderamente remota localización, pasando por su diseño y vistas y terminando por el variado menú tanto de comida como de zumos naturales de una amplia variedad de frutas. Obviamente, todo lo que pedimos fue para compartir. No recuerdo muy bien los platos, recuerdo que había arroz (como casi siempre), algunas plantas fritas y zumo de sandía, me encanta el zumo de sandía. Disfrutamos de la comida como hacía tiempo que no lo hacíamos.

El lugar tranquilo y las vistas de los alrededores nos invitaba a quedarnos toda la tarde allí sentados pero teníamos que volver, nos quedaba por comprar los billetes de autobús para ir de Inle Lake a la ciudad de Bagan, nuestro siguiente destino. Nos esperaba otro largo y arduo viaje de 10 horas en autobús, por caminos bastante sinuosos y llenos de baches y con temperaturas de entre 15 y 17 grados dentro del autobús, pero era la manera más barata y rápida de desplazarse por el país.

Bagan, la ciudad de los más de 3000 templos. Tan mística y misteriosa que se ha convertido en uno de los destinos más turísticos de todo Myanmar, y no me extraña. Sus amaneceres y atardeceres son conocidos en el mundo entero, nosotros mismo esperamos más de 2 horas bajo la luz de las estrellas, subidos a uno de los templos que se reparten a lo largo de cientos de kilómetros, para poder presenciar de primera mano lo que fue el amanecer más bonito de mi vida. Pero esto lo contaré en la siguiente y última parte de Myanmar. Tanto Bagan como el viaje de 3 días haciendo autoestop hasta Mandalay merecen ser contados con todo detalle.